La LVII edición del Festival de Mérida nos deja un regusto griego, y olvida por completo a los Plautos y Sénecas. ¿Acaso las directoras actuales del Festival de Teatro emeritense tienen especial predilección por las heroínas de la tragedia y la comedia clásica griega? ¿Será parte del manifiesto reivindicativo hecho público por los “Indignados” de la Plaza de España en Mérida: que por una vez, y sirviendo de precedente, el teatro romano de Mérida sólo acoja la representación de tragedias y comedias de heroínas griegas?
En fin, tal vez la explicación sea mucho más prosaica y el motivo vuelva a conducirnos al carácter ejemplar del teatro clásico, a su incuestionable capacidad para darnos un ejemplo en el pasado de cómo puede ser el presente y sus consecuencias futuras.
Porque la situación de Atenas a comienzos del siglo IV a.C. no está tan lejos de la situación de insolvencia y crisis de la Hélade moderna y de la zona euro. Pero, la cuestión es: ¿preferimos las ideas y el modus operandi de la Canciller alemana o la sencillez y valentía de la “indignada” ateniense? Lo cierto es que, de entrada, la primera nos provoca el llanto y el asombro, la segunda el asombro y la risa; las propuestas de Ángela Merkel nos dan pesar, las de Praxágora nos dan qué pensar.
Aunque hayamos echado en falta en el Programa del Festival una buena comedia plautina, creo que ha sido acertado poner ante los espectadores una de las propuestas más atrevidas del teatro conservado de Aristófanes: que el declive político, económico y de valores que sufría la humillada Atenas fuera solucionado por un grupo de mujeres, incultas, pero magníficas gestoras del oikos, capitaneadas por una elocuente e ingeniosa ateniense, una mujer de acción (“Praxágora”), la esposa del ingenuo Blépiro.
Debemos reconocer que las propuestas de la divina Praxágora no están tan alejadas, en lo que a materia económica y de principios y valores se refiere, de lo que ahora exigen los indignados en las asambleas actuales. Lo cierto es que, en la obra, todos los recelos y dudas que pudieran existir sobre la viabilidad de la nueva legislación impuesta por el voto mayoritario de las mujeres atenienses se resuelven con el magnífico recurso del “oinos apo kratera“. Pero mucho me temo que la situación europea necesite de un final al estilo trágico, un “theos apo mechane”.
Finalmente, para no cansar mucho al sufrido lector en este momento de la canícula, un breve apunte sobre la versión de José Ramón Fernández y la dramaturgia dirigida por Laila Ripoll. Mi agradecimiento a que la versión respete casi íntegramente el texto original, a la música en directo y a lo variopinto del vestuario, pero no estoy muy segura de si la diosa Ceres habrá captado la intención de la directora con las reminiscencias a la Belle Epoque hechas desde el vestuario y los temas musicales …
Por lo demás, el ritmo de la representación y el uso del espacio escénico, así como el juego que se consigue entre personajes colectivos e individuales y la parábasis han estado a la altura de lo que esperamos ver los asiduos a este Festival de Teatro Clásico.
Para los que seguís disfrutando de Mérida, aunque sea en pleno verano extremeño, ¡felices Antígonas!. A quienes nunca habéis tenido oportunidad de pasear por esta pequeña Roma española y de disfrutar de uno de los recintos teatrales más majestuosos, recuperados y reutilizados del mundo grecolatino, os invito a que no dejéis pasar la oportu
nidad de asistir al Festival, conocer Mérida y visitar las termas romanas de Alange, porque todo puede ser que la crisis obligue a hacer más recortes de presupuesto, o lo que es peor, a levantar el telón.





Lo que me llama la atención en un primer momento de esta obra de Aristófanes es, sin duda, su título, en el cual ya se pone de manifiesto el protagonismo de la mujer en ella. Y no debería sorprenderme, porque, a mi parecer, el hombre a lo largo de la historia ha nacido liberal, se ha convertido al más cerril conservadurismo, y en estas últimas décadas, trata de volver al liberalismo inicial. Aunque esto podría sonar contradictorio, ya que la mujer no estaba mejor valorada entonces, sí es cierto que la libertad era mayor, al menos respecto a otros temas, como es la homosexualidad, lo que hoy conocemos como pederastia, etc. Volviendo a lo mencionado, no es solo sorprendente que Aristófanes le dedique su obra a las mujeres, sino que conciba lo que en ella tiene lugar: el gobierno en sus manos, lo que a mí me parece un increíble logro, esta visión en un hombre de esta época. Y esto me lleva a comentar uno de lo argumentos que su protagonista, Praxágora, esgrime para conseguir su propósito de conseguir el poder, el más acertado a mi parecer, que no es otro que el que los hombres ya les confían a ellas la administración de las casas.
Las mujeres de esta obra son “mujeres coraje”, que no tienen inconveniente en desafiar al peligro de ser descubiertas si su empresa no acaba bien; seguras de sí mismas y de su capacidad para gobernar bien, entre otras cosas porque “están hechas al engaño y por ello, no van a dejarse engañar fácilmente”.
No obstante, me da la sensación de que en cierto momento, éstas terminan cayendo en la necedad de los hombres, como puede verse en su manera procaz de hablar y en las leyes que imponen, y desde luego, siempre quedan los despojos de la sociedad que intentan sacar tajada de lo bueno sin contribuir, como en el caso del hombre que se niega a donar sus bienes a la comunidad pero sí corre a aprovechar la cena gratis.
Por último, me resta decir que aunque la obra me atrajo bastante desde el principio, especialmente porque ardía en deseos de ver cómo ese proyecto podía acabar, me he sentido ciertamente decepcionada por su desenlace, que no ha cumplido con mis expectativas. A mi parecer, es como si la obra se hubiera quedado a la mitad, es decir, que faltara el broche de oro. No obstante, como ya he dicho, es digno de reconocer que exista una obra como ésta, que nos haga mirar al pasado y ver que a pesar de la intolerancia que existe hoy día, en una época tan lejana, si existió, se salvaba de una manera tan honorable como es la literatura, y que esa posibilidad se concebía.